Reflexionando en el Teclado
Las circunstancias sociales y políticas en las que emigramos poco más de ocho millones de venezolanos -cifra que sigue creciendo día a día- son comunes, aunque las motivaciones y condiciones para hacerlo son particulares y familiares.
El día a día en el extranjero, en una ciudad o un país que no te estaba esperando, el batallar para conseguir un trabajo o mantenerlo, para hacer crecer un emprendimiento o consolidarlo, o para formalizar un proyecto de vida, a veces nos obliga a no pensar en el origen de nuestra decisión de emigrar.
Y es que no podemos anclarnos en una realidad que no podemos cambiar a la distancia, que por muchas acciones que hagamos a lo lejos, y por mucho que queramos participar en su proceso de transformación, al final quedamos como simples testigos de un espectáculo macabro que no termina de mostrar toda su maldad y no se detiene en su tarea de expulsar a más venezolanos al exilio.
Pero una cosa es no pensar en el origen de la desgracia de un país -y ahora de un continente- y otra cosa olvidar las razones de esa atroz circunstancia.
Lamentablemente estamos acostumbrados a analizar y criticar el presente y el pasado muy muy reciente. Vemos con dolor los comentarios de odio y xenofobia de ciudadanos de muchos países que en un principio recibieron a los migrantes con amor, respeto y hasta con admiración, pero que luego, cuando se asentó la realidad que estaban tratando de evitar, la bienvenida inicial se transformó en incomodidad.
Vemos con asombro las opiniones de políticos -de izquierda y derecha- de los países que nos recibieron, y notamos como ahora todos se señalan entre ellos como responsables de los desastrozos resultados en los que se ha convertido la migración descontrolada.
Igualmente debemos ser testigos/beneficiarios/afectados de las medidas que toman las instituciones administrativas y jurídicas de los países para tratar de ponerse al día con la nueva realidad migratoria y social para la que no estaban preparados. Algunas de las medidas las aplaudimos, otras, nos hacen llevarnos las manos a la cabeza, pero debemos reconocer que las dictan para tratar de llevar el ritmo de la realidad.
Podemos criticar el papel de los medios de comunicación y las redes sociales, incluso los metemos a todos en una sola caja, así como ellos generalizan a toda la población migrante bajo una misma condición. Así que al final hacemos lo mismo que criticamos.
Y así podemos desmenuzar todos los lamentables incidentes actuales y describir a todos los actores de una realidad cada vez más complicada, pero al final del día olvidamos el origen de todo: una cruel dictadura que en su miserable afán de mantenerse en el poder y de robarse todos los recursos que estuvieron a su disposición, fue capaz de sacar de sus hogares a ocho millones de venezolanos.
Creo que es importante recordar cada día -y recordarle a quienes lo olviden- que el inicio de todo fue un régimen político al que no le importó desestabilizar la seguridad y la convivencia de los países de la región, haciendo que sus ciudadanos y hermanos se pelearan entre ellos, con tal de mantenerse en el poder y seguir disfrutando de lo que saben que no merecen.
No debemos permitir que el origen de todo esto descanse tranquilo en el olvido.
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